Crisis de un paradigma sacerdotal

Doy gracias a Dios por el medio siglo de ejercicio del sacerdocio. He tenido muchas satisfacciones, pues el ministerio permite la cercanía de la gente y conocer los sufrimientos del pueblo. En la celebración eucarística que he facilito se prodiga la Palabra, ofrecemos nuestro trabajo, alabamos comunitariamente a Dios y mediante la Comunión, nos configuramos con Cristo y nos comprometemos con nuestros hermanos… Lamentablemente he podido constatar cómo, durante estos años, sus hermosos símbolos se han vuelto incomprensibles para una cultura secularizada y con menor formación religiosa. Mi sacerdocio lo ejerzo ahora en una parroquia de clase media del Distrito Federal. El personal de mi congregación –como el de muchas otras y el de muchas diócesis- ha disminuido y envejecido y las vocaciones no llegan. El número de misas que cada sacerdote debe decir empobrece su vivencia espiritual, al mismo tiempo en que la asistencia regular de fieles ha bajado y los jóvenes están ausentes. Puedo prever que las mujeres ancianas –quienes constituyen nuestra feligresía “cautiva”- irán disminuyendo, pues cuando lleguen a esta edad las mujeres que ahora están en plena adultez, no tuvieron de jóvenes ni la formación ni la práctica religiosa que de ahora. En cambio, las demandas aumentan: muchos de los penitentes más asiduos a la confesión durante las misas son escrupulosos, llegan simplemente a desahogarse, y no se les puede dar seguimiento, pues ni si siquiera vemos sus rostros. Tampoco se pueden desatender ciertas demandas de las religiosidades populares, que en sus modalidad urbana se hayan más degradadas y tendientes a lo mágico, que en los pueblos donde aún conserva su signo de identidad comunitaria. Hay demasiadas tareas burocráticas que nos convierten en simples “funcionarios” de una institución (comisiones, informes, administración y gestión…). Los ingresos disminuyen y hay que enviar cuotas a nuestro instituto y a la diócesis, los templos envejecidos requieren mucho mantenimiento. Esto nos lleva a cuidar nuestra principal fuente de ingresos, que son las ceremonias: bodas encarecidas por el consumismo y la vanidad, “quinceaños”, que desde una perspectiva de género, difunde una imagen femenina ya inaceptable; bautizos y Primeras Comuniones que refuerzan más el individualismo que el sentido de comunidad… El activismo de gestión de muchos sacerdotes, aparte de empobrecer la vivencia espiritual de la Eucaristía, no permite liberar muchas energías para implementar la alternativa de evangelización misionera a la que apunta Aparecida y nos demanda el Papa Francisco. Su única justificación es que por este medio posibilitamos que otros hermanos jóvenes puedan dedicarse a un trabajo en zonas empobrecidas, donde todavía hay posibilidades de formar y mantener comunidades cristianas vivas. Pero estas comunidades se alimentan de la “común-unión” sacramental, a la que tienen derecho; pero que la falta de sacerdotes deja muchas veces sin atender. No me tocará a mí ver cómo la Iglesia abordará esta crisis; pero seguramente no bastará el tipo de sacerdote célibe masculino que conocemos ahora.

Ante esto, me pregunto si el tipo de sacerdote actual habría sido el que Jesús pensaba. Él fue un laico y se opuso al sistema sacrificial del sacerdocio levítico (quienes se habían contaminado quebrantando la multitud de proscripciones rituales, transferían sus impurezas a un cordero que los levitas sacrificaban, con lo cual, el donante quedaba ya purificado, sin importar mucho su conducta moral). Una interpretación superficial de la Carta a los Hebreos, me parece que el “sacrificio eucarístico” continua el mismo esquema del sacerdocio levítico, por más que se diga que es el único sacrificio de Cristo; pero que hay que “renovar” o mejor, posibilitar que el comulgante se incorpore a aquel. De todos modos, sigue siendo, como lo era para los levitas, el principal “modus vivendi” económico, y este paradigma genera el “clericalismo” (del “poder” o capacidad de consagrar se pasa el “poder” o forma de dominio religioso).

Los sacerdotes levitas eran “mediadores” que reconciliaban al pueblo con un Dios mediante el sacrificio expiatorio. Jesús fue, ciertamente, el Mediador; pero no tanto para “elevarnos” hacia un Dios agraviado y lejano, sino más bien, por ser la manifestación del “abajamiento” de Dios, al tomar nuestra condición y ofrecernos restablecer su proyecto original: una fraternidad universal basada en el amor. La entrega de Jesús a cumplir el proyecto del Padre es lo que realmente nos salvó; incluso, aunque no hubiera sido asesinado. Es verdad que en el “memorial” dejado como testamento en la Última Cena, está la referencia al cordero inmolado por nuestra redención; pero creo que ese Cordero Pascual era más bien, signo de la liberación del Éxodo. Esto lo asemeja más al sacerdocio de Melquisedec, “Rey de Justicia y de Paz” y lo acerca al antiguo profetismo, al que parece apuntar la mencionada Carta a los Hebreos. En efecto, el sacerdote, originalmente, era ante todo un líder que convocaba a la Comunidad y la impulsaba a continuar la obra de Jesús. Me da la impresión que todavía falta conciencia de la magnitud de la crisis, que no tardará mucho en agravarse; pero ya se ve clara la necesidad de replantearse el paradigma sacerdotal prevalente.

 

 

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